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TRISTE Y SOLA QUEDA LA CALLE

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Impresiona ver Carretería vacía. Ni un alma. Ni siquiera un alma acompañando a un perro (o al revés). Cierto que nuestra principal rúa urbana no es un lugar muy concurrido, aunque si las circunstancias son favorables algo de animación sí hay en ella. Pero esto es, verdaderamente, insólito y, de paso, muy triste. El castigo bíblico que ha caído sobre nosotros (¿estaba ya en las plagas de Egipto con qué Jahvé castigó a aquel pueblo desdichado, un acto de crueldad divina similar a éste?) produce escenas como ésta, la principal calle de la sencilla urbe provinciana condenada al silencio y el vacío. Sólo el mínimo espacio que ocupa el supermercado de Día y, a su lado, los cajeros de un par de bancos, proporcionan algo de actividad. Lo demás es oscuridad, tristeza. Y aún nos queda por delante un largo periodo de amargura.

ADIÓS, CARRETERÍA, ADIÓS

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            Las paredes desvencijadas, los cristales rotos, las ventanas abiertas, el local comercial abandonado, son señales evidentes de que este edificio ha entrado en un progresivo y ya imparable estado de ruina que va a conducir, inevitablemente, a su derribo y posterior sustitución por otro de nuevo cuño. No es el primer caso, desde luego, ni será el último; solo ocurre que ahora estamos hablando de uno de los últimos ejemplos que aún subsisten de una Carretería, la entrañable vía popular de Cuenca, que ha ido desapareciendo ante nuestros ojos, los de las últimas dos o tres generaciones, sin que nadie, público o privado, haya movido un dedo para evitarlo y conseguir que permanezca vivo el espíritu de la ciudad decimonónica, la capital provinciana, cuidadosamente conservada en casi todas las ciudades españolas, menos en esta, donde no hay conciencia alguna de lo que es conservar la memoria urbanística.        ...